La reflexión del domingo

Os dejamos la reflexión de José Carlos



LA IMPORTANCIA DE LA PALABRA DE DIOS
El evangelio de hoy compara el acto de sembrar semillas en el campo con la siembra de la Palabra de Dios. Los distintos tipos de terreno  que acogen la semilla, se ponen en relación con los distintos tipos de escuchantes de la Palabra.
Cuando oramos, mostramos a Dios nuestros deseos, le pedimos, le alabamos, le damos gracias. A menudo se nos olvida una parte importantísima de la oración; la ESCUCHA. No se puede orar sin escuchar, sin hacer silencio para que Dios hable. En esta situación adquiere importancia capital la Palabra de Dios. Una Palabra con mayúsculas, porque es algo único.
Los cuatro tipos de escuchantes de la Palabra son los siguientes:
1- Los que no entienden la Palabra ( o la oyen sin escuchar). En un mundo lleno de palabras que compiten entre sí reclamando la atención de los oyentes, es difícil acertar con la tecla que nos lleve a la comprensión de lo que se oye. Las palabras del Nuevo Testamento se escribieron hace dos mil años. Requieren a menudo una explicación que nos ayuden a entenderlas. Pero además hay que sintonizar con ellas, porque si no hay un detonante que nos invite a escucharlas con atención, pasarán desapercibidas. La Palabra de Dios será una más entre mil, semilla, que al borde del camino, será arrebatada por las aves. La Palabra de Dios debe ser escuchada dentro del camino. Quizá hay que encontrar antes a la persona de Jesús, mostrar el deseo de seguirle; de ese modo su Palabra adquiere relevancia en el camino del seguimiento.
2- Los oyentes que no profundizan. Las semillas que caen en terreno pedregoso no pueden echar raíces, y, después de nacer, la planta se seca. No basta con una lectura superficial de la Palabra. Los relatos del evangelio están escritos para ser meditados con sosiego. No basta una lectura que se escucha el domingo, aunque se ofrezca una meditación por parte del sacerdote que preside la celebración. Todos los cristianos estamos llamados a profundizar en la Palabra de Dios. Eso requiere una preparación, una formación, que solo se adquiere cuando oramos con la Palabra, en grupos que se ejercitan en la lectio divina, o en la metodología del estudio de evangelio. No se trata solo de conocer datos técnicos, sino de orar con la Palabra, desde los datos que nos ofrecen los entendidos, desde la lectura que hace la Iglesia...
Cuando se profundiza en la Palabra nuestra vida cambia, si la lectura profunda es verdadera. No hay nada más transformador.
3. Los oyentes seducidos por los afanes de la vida y las riquezas: si la Palabra es transformadora, es deprimente comprobar que en muchas ocasiones escuchamos una y otra vez la Palabra pero los afanes de la vida y las riquezas tienen más poder en nosotros que la Palabra misma. Muchas veces los cristianos hacemos lo contrario de lo que rezamos, muchas veces nos dejamamos seducir por ideologías ajenas a la fe, muchas veces el poder de las riquezas es tan grande en nosotros que lo que Dios nos dice queda en un segundo plano. Esa es nuestra condición de pecadores. Cuando esto ocurre, hay que pararse de nuevo, dejarse seducir por la Palabra, seducir por quien pronuncia la Palabra, por Jesucristo, el Dios vivo. Lo peor es que puede que no nos demos cuenta de que no necesitamos convertirnos. Entonces leemos la Palabra como quien lee una novela, sin afectar a nuestra vida. Hemos de saber que siempre estamos necesitados de conversión, hasta el final de nuestros días. La Palabra de Dios es creativa, no se agota nunca, nos ayuda a conocernos a nosotros mismos.
4- Los escuchantes que dan fruto: son los que están en el camino de Jesús, por eso entienden la Palabra, Son los que profundizan en ella, los que saben unirla con su vida, los que se dejan interpelar. Solo esos dan frutos, cada uno en un porcentaje distinto. Pero cuidado con el fruto. Dar fruto no significa tener éxito. El éxito exige resultados, exige datos que miden, que comparan... Dios no mide, porque es la desmesura. Los frutos pueden ser pequeños, incluso a veces ni se ven, pero siempre están. Jesús no tuvo ningún éxito. Sin embargo su vida estuvo llena de frutos

José Carlos

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