La reflexión del domingo
Os dejamos la reflexión de José Carlos
Esta es la corona de un rey peculiar, la corona de Jesús, fabricada de espinas por sus propios verdugos. Nunca tuvo otra corona, ni palacios, ni riquezas, ni ejército... 

En su tiempo buscaban líderes que salvaran al pueblo del yugo del imperio. Aún seguimos buscando líderes que nos salven de la crisis, del empobrecimiento, de la insignificancia social, de la guerra... Expectativas que se convierten en decepción en poco tiempo.
Jesús nunca colmó las expectativas de los que esperaban un Mesías político. Tampoco ahora las colma, porque su salvación se mantiene en un camino diferente. Un camino que busca la gloria en el abajamiento, en la pobreza evangélica, en la renuncia a la autoridad que se asienta en el abuso de poder. Jesús tiene autoridad construida desde el amor y la misericordia, construida desde la verdad, nunca desde los intereses personales. Ante las tres propuestas que recibe en el evangelio de hoy de salvarse a si mismo, no hace nada. Su objetivo es salvar a esta humanidad que busca la verdad en los intereses personales e ideológicos. La verdad se busca en Dios como fuente de inspiración. La salvación comienza por un camino de conversión a la verdad de Jesús, de adhesión a su persona. Sólo él puede salvarnos de nuestras propias mentiras, de nuestras ambiciones desmedidas, de los daños que perpetramos a nuestros hermanos, en especial a los más débiles.
En este punto de encuentro con Jesús comienza la experiencia del reino, que se basa en la vivencia de las bienaventuranzas. Esta experiencia no culmina con procesos políticos que buscan el poder. Cuando la Iglesia ha tomado el camino del poder político no ha salido bien parada, porque se ha contaminado con las ambiciones de este mundo. Sin embargo, el seguidor de Jesús tiene un importante compromiso con la realidad que le rodea, combatiendo la pobreza, la enfermedad, la mentira, las injusticias de todo tipo, las guerras y la violencia. Siempre desde abajo, desde los márgenes, desde la indefensión. Los creyentes buscamos el Reino aquí en la tierra, sabiendo que no será una vivencia completa y definitiva hasta que seamos ciudadanos de la nueva ciudad, del Reino de los cielos. Cuando celebramos la eucaristía, la vivimos como una anticipación del reino, en dos dimensiones: la dimensión terrenal, que nos provoca a vivir la fraternidad eucarística en medio del mundo; y la dimensión celestial, que nos evoca lo que un día viviremos en la patria prometida. "Venga a nosotros tú Reino".
José Carlos
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