La reflexión del domingo

 Os dejamos la reflexión de José Carlos

El comentario de nuestro párroco:

En el evangelio de hoy Jesús nos habla de la oración. Lo primero que nos llama la atención es la forma de orar de Jesús con Dios. Abrahán hablaba con Dios con temor y temblor, porque para un judío Dios es alguien muy poderoso y terrible. Sin embargo Jesús le llama Abba, que es una palabra aramea que indica familiaridad con el Padre. Se podría traducir como "papá". En el lenguaje litúrgico hablamos a Dios de "tú", no de "usted". Queremos indicar intimidad y cercanía. Pero en el Padrenuestro Jesús nos introduce magistralmente en la oración. Nos ayuda a centrarnos: "Padre, santificado sea tu nombre". No podemos empezar la oración recitando una fórmula sin sentido. Antes de comenzar tenemos que pararnos y hacer consciente con quién estamos hablando, ante quien nos dirigimos. "Estoy ante ti, Padre", "Tú eres santo", "eres mi amigo", 'entro en tu presencia", "me olvido de todo, porque he venido a hablar contigo", "te alabo por tu gran bondad". Puede valer cualquier fórmula que nos ayude a entrar en su presencia, a saber ante quién estamos. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de rezar mecánicamente, recitar palabras que no tienen sentido para nosotros.


La oración en el evangelio aparece de distintas formas: 1. Cómo escucha: " bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica" La oración más importante es la que nos ayuda a escuchar la Palabra. En ella descubrimos lo que Dios quiere decirnos. Por eso hay que escuchar la Palabra desde el silencio, con atención. Hay que ejercitarse, porque a veces el evangelio no es fácil de entender. Pero poco a poco Dios nos habla al corazón. La escucha de la Palabra se hace con otros, con los hermanos, con la Iglesia. 2: como hijos que hablan con Dios. Aquí está presente la oración de petición, que nace de las situaciones que vivimos, de las dificultades con las que nos encontramos. No hemos de olvidar que Jesús nos enseña a orar desde el plural. No dice "mi pan de cada día dámelo hoy". Jesús habla del pan nuestro. Pedimos para nosotros, pero no podemos olvidarnos pedir por las necesidades de los demás. Eso nos ayuda a descentrarnos, a comprender que yo no soy el único en el mundo, que otras personas sufren, que otras personas tienen hambre o enfermedades. En nuestras peticiones se manifiesta el amor a los hermanos. Una oración que solo pide para uno mismo se convierte en una oración egoísta. Toda petición ha de acompañarse de la escucha de la Palabra. En esa escucha Dios nos da la solución a lo que le hemos pedido. Nunca debemos manipularle, ni exigirle. El nos dará su luz cuando lo desee, cuando sea el momento. Otra forma de sentirnos hijos que hablan al Padre es dando las gracias. Gracias por todo lo que nos da, gracias por lo que recibimos de nuestros hermanos. Es otra manera de mirar con amor a los que nos rodean, incluso a aquellos que nos gustan menos, pero también son hijos de Dios. Orar es sencillo. Cualquier palabra, cualquier gesto que le dirigimos a Dios es oración. Lo difícil es orar con asiduidad, con confianza al Padre, con verdadero interés. Cuando nos ejercitamos, no podemos vivir sin dirigirnos a nuestro Padre, que es nuestro amigo más íntimo, nuestra luz más verdadera, nuestra alegría más profunda. Por último, la oración no es un momento en el que estamos a gustito y ya. La oración verdadera transforma nuestra vida. Hay que escuchar la Palabra, descubrir la voluntad de Dios. Después hay que poner en práctica el descubrimiento que Dios nos ha hecho. La espiritualidad verdadera cambia nuestra forma de ser y de vivir, nos acerca a Dios y al hermano, nos implica con los más vulnerables. Lo contrario es el espiritualismo, que se queda en las formas, en la belleza de la oración, en la paz que se encuentra... El espiritualismo es impermeable a la llovizna de la palabra, es opaco ante la luz de Dios. Señor, enséñanos a orar.

José Carlos

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